Fotografiar ballenas en lancha
Por: Ana Caco

En Semana Santa se acerca el final de la temporada de ballenas en México, principalmente grises y jorobadas. Cada año migran desde el Ártico hasta aguas tropicales para reproducirse y dar a luz: un viaje largo y fundamental para su ciclo de vida. En 2022 decidimos embarcarnos rumbo a Los Cabos, Baja California Sur, para intentar presenciar este fenómeno natural, tan famoso en nuestro país como significativo para esas especies.
Subimos a una lancha grande y salimos del muelle de Cabo San Lucas antes del mediodía. Como parte del tour, pasamos primero por el Arco para ver a los lobos marinos, bordeamos la Playa del Amor y la del Divorcio, y finalmente dimos el salto del Mar de Cortés al Océano Pacífico.
Ahí la navegación cambió. Empezamos a ir más rápido, el capitán se notaba tenso porque el clima no era el más óptimo, había mucho viento y el mar estaba picado. Santiago y yo nos movimos a la parte delantera de la lancha. Cada golpe contra las olas se sentía más violento, una y otra vez.
Vimos una ballena jorobada a lo lejos y el capitán, sin dudarlo, comenzó a acercarse. El agua nos salpicaba cada vez más y el temor de que las gotas saladas dañaran el lente crecía con cada ola. Llegamos a la distancia permitida y esperamos unos minutos. Nada. La ballena se había sumergido y, lo más probable, ya no se encontraba cerca.
Permanecimos quietos un rato hasta que, de pronto.
Apareció en el horizonte una nube de agua: una ballena exhalando a varios kilómetros de nosotros.
El capitán retomó el rumbo de inmediato. Desde lejos la vimos saltar una y otra vez, pero al llegar solo encontramos calma. De nuevo, ya no estaba.
El clima no mejoró y, con cierta pena, el capitán nos avisó que era momento de regresar al muelle. Con muchas fotos tomadas a la distancia, empezamos a dar por finalizada la aventura. Avanzamos un buen tramo de regreso, nos movimos a la parte trasera de la lancha, bajamos la velocidad, guardamos las cámaras y simplemente nos dedicamos a mirar.
Entonces ocurrió. Una aleta emergió muy cerca de nosotros, como si hubiera venido a buscarnos. Me quedé en shock, la enorme aleta era más grande de lo que jamás había dimensionado. Con rapidez tomamos las cámaras, enfocamos, y una ráfaga de disparos acompañó el momento: breve, intenso, irrepetible. Después de unos minutos, la ballena volvió a sumergirse. La esperamos, pero no regresó.
A veces la naturaleza no se deja perseguir; aparece cuando bajamos la guardia, cuando dejamos de buscar y simplemente estamos. Y eso, para esta aventura fue más que suficiente.
