El desafío de encontrar fauna silvestre
Por: Ana Caco

En diciembre de 2024 fui con Santiago a acampar un par de días al Rancho Santa Elena, en Hidalgo. Era la tercera vez que íbamos a buscar venados cola blanca, cada visita se siente distinta y tengo que aceptar que cada vez me siento más preparada para el proceso. Y aunque el fin es encontrar animales, también es aprender a estar ahí, presente.
Buscar venados es toda una experiencia. Implica caminar durante horas, en silencio, observando con atención los rastro y las huellas en la tierra. Avanzamos despacio, con los binoculares siempre a la mano. En el camino van apareciendo muchas cosas: animales, insectos y plantas, composiciones que me encanta fotografiar.
Después de unas cuatro horas de caminata —y de tomar muchas fotos de lo que iba encontrando en el trayecto— ocurrió lo inevitable. (Abro un paréntesis para confesar que soy muy mala para vaciar las tarjetas de memoria antes de un viaje).
Santiago levantó la mano e hizo una señal clara: había venados cerca. En ese instante todo se acelero dentro de mi.
El corazón empezó a latirme muy rápido, las manos me temblaban. Intenté cargar la cámara sin acomodar el monopie en el piso; sentía que en cualquier segundo iban a correr y que tenía el tiempo contra reloj. No lograba enfocar ni encuadrar. Santi me calmó, respiré e intente controlar mis manos. Me agaché, acomodé todo sigilosamente, levanté la cámara, encuadré… y nada. No se disparaba. Los nervios me dejaron en blanco durante unos segundos que se sintieron eternos.
Apagué la cámara, ajusté de nuevo el lente, la encendí. Nada. La ansiedad ya se había apoderado de mí. Entonces Santiago, tranquilo, dijo que tal vez la tarjeta estaba llena. Borré algunas fotos, respiré, volví a apuntar y, por fin, clic: tomé la fotografía.
Eran dos venadas, una mamá y su cría. Pudimos compartir alrededor de cuatro minutos con ellas. Cuatro minutos que se sintieron suspendidos en el tiempo. La curiosidad con la que nos miraban, la manera en que se detuvieron sin huir de inmediato, es algo que me llevo conmigo. Y aunque no conseguí el encuadre perfecto, había mucha maleza y estuve más lejos de lo que me hubiera gustado, tener el privilegio de coincidir con ellas me hace sentir muy orgullosa del resultado.
Esta experiencia me dejó varias lecciones. La más obvia: llegar al campo con las tarjetas de memoria vacías. Pero también me recordó por qué quiero regresar. Porque en la naturaleza no todo se puede controlar, porque hay que aprender a esperar, a observar y a aceptar los resultados que voy logrando como parte del camino.
