¿Por qué tengo un especial cariño por fotografiar colibríes?
Por: Ana Caco

Los cambios que atravesamos durante la pandemia fueron más profundos de lo que, colectivamente, imaginábamos. Aunque el tiempo avanzaba, permanecíamos detenidos en nuestras casas, mientras en los hospitales todo se movía para que las personas pudieran sobrevivir. Algo que a finales de 2019 parecía tan simple como salir de casa se convirtió, de pronto, en un riesgo.
En ese momento trabajaba en una agencia de relaciones públicas, en el área digital, desarrollando contenido creativo para redes sociales de distintos clientes. Con el trabajo desde casa logré establecer una rutina bastante sólida. Pero conforme pasaban los meses, y creo que como a muchas personas en situaciones similares, la monotonía empezó a apagarnos.
Existía una presión constante en el mundo digital por mantener presencia. Todo tenía que llamar la atención; de lo contrario, era imposible posicionarse. Llegó un punto en el que ya no sabía qué escribir ni qué proponer visualmente: todo se veía igual. Un día me asomé por la ventana y, en el jardín, vi un colibrí en la cuerda donde mi mamá cuelga la ropa. Tenía colores intensos y brillantes. Intenté acercarme, pero con una rapidez impresionante desapareció.
Empecé a observarlo todos los días y compartí la experiencia con Santiago, mi novio y que estudió biólogía, quien me animó a prestar más atención. Le describí como era e inmediatamente supo de que especie estaba hablando.
Me contó que su nombre científico era Amazilia beryllina, pero comúnmente se le conoce como Colibrí berilo, que era macho, muy común en la Ciudad de México y altamente territorial. Yo decidí bautizarlo Andrés
Comencé a trabajar desde el jardín para estar más cerca de él y mantenía la cámara siempre a un lado, lo cual me ayudó mucho en mi trabajo, la creatividad empezó a fluir en mi cabeza. Pasaron días en los que solo lograba fotografiarlo de lejos o simplemente observarlo, también me di cuenta que más colibríes venían, también berilos, hembras y machos, además de otras especies de colibrí. Y aunque yo estaba obsesionada con Andres, que tenía unas manchas blanchas distintivas en su cabeza, estaba impresionada con la gran diversidad de colibries que visitaban el jardin.
Un día vi a Andrés posado entre las ramas de un árbol. Me acerqué con cuidado con la cámara en mano y quedamos frente a frente, muy cerca. Fue un instante a través del lente que me marcó, en el que todo lo que ocurría afuera desapareció de mi mente: solo estábamos Andrés y yo.
Desde entonces me encanta buscar colibríes en cualquier lugar. Siento que, de manera inconsciente cada vez que escucho su singular chirrido me emociono de tenerlos cerca. Y aunque hoy he fotografiado más de los que puedo contar, agradezco que Andrés haya sido una vía de escape y que me ayudara a encontrar una de las pasiones más bonitas de mi vida.
